Lázaro Caldera

Talaveranos por el Mundo

“Palentino de Badajoz, Talaverano de Castilla” Por Lázaro Caldera

“Palentino de Badajoz, Talaverano de Castilla” Por Lázaro Caldera
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Tengo un amigo pacense y palentino que hace poco se mudó a Inglaterra, al norte. Lo de pacense y palentino tiene su explicación: es de Palencia pero se mudó a Badajoz siendo pequeño, pero es más de Badajoz que de Palencia, porque lleva años – o llevaba – viviendo en Badajoz. Aun así, su acento le manda bastante lejos de Extremadura.

Le recuerdo ahora como recuerdo a quienes siendo extremeños se fueron a otros lugares de España o del mundo y fueron evolucionando, creciendo como personas, como supongo que lo hago yo, como lo estará haciendo él, desde el habla a la manera con la que hacemos juicios sobre otras personas, por ejemplo. Pero le recuerdo sobre todo ahora que el juego de las identidades está tan machacado y lleno de perspectivas que se enfrentan continuamente. Recuerdo su pronunciado acento castellano y levemente cántabro, contundente en cada ese. Su forma de hablar tan cadenciosa, muy gallega también, pero a la vez honda, tajante, de alguna manera incluso ceremonial – ¡y lleva años en Badajoz! – muy lejos de la forma casi jocosa y traviesa con la que los extremeños jugamos con el castellano.

He trazado una delgada línea comparativa entre mi amigo palentino de Badajoz, ya más extremeño que cualquiera, y muchos otros extremeños que siendo tan extremeños sienten una necesidad, muy extraña y patética, de olvidar quienes son. Son extremeños deseosos de ser de otro lugar mucho más moderno, mucho más evolucionado y mucho más interesante. Son extremeños de nacimiento que no necesitan emigrar veinte años para recordarle a todo el mundo que son mejores que cualquiera por haber estado tres o cuatro años en Madrid o en Barcelona, estudiando, buscando trabajo o simplemente viendo como la vida pasa, o cómo el tiempo les ha ido transformando el habla hasta hacerles emigrantes en su propia tierra. Muy diferentes a ese palentino de Badajoz.

Ese extremeñismo fugaz ha hecho mucho por convertir nuestros pueblos y Extremadura, a fin de cuentas, en lo que es hoy: una región de escapistas de fin de semana, jóvenes que languidecen en la monotonía de una oposición y eternas promesas de trenes rápidos y aeropuertos con destinos exóticos. Los peores vendedores de nuestro patrimonio siempre hemos sido los extremeños, pero sin duda, pero además hemos sido y somos, sin ambages, los mejores publicistas de nuestras desgracias, al parecer, la única manera que tenemos para demostrar que seguimos existiendo. Asistimos hoy a una competición un tanto extravagante entre quienes quieren recuperar la dignidad perdida y quienes se sienten muy españoles y mucho españoles – que diría aquel – de una España que bien podría haber hecho un poco más por los mucho españoles y un poco menos por los que dicen serlo menos. Triste ironía.

Mi amigo el de Palencia huyó, como yo, de la misma forma que tantos otros, a través de Madrid, de largo la mejor estación y aeropuerto que tiene la comunidad, junto con Sevilla, tras unas horas de coche a través de una dehesa que reparte tanto como quita. En algún lugar de esa misma ciudad que ve largarse a tantos y tantos, otros llegan desde el mismo sitio y obvian decir “soy de Talavera”, porque qué más da, ya existe una, más importante, más bonita y señorial, en la provincia de Toledo. Cuesta ver a quien diga el nombre de su pueblo. “Soy de Badajoz y mucho que me pesa, mira como vengo”

Otros muchos, sin saberlo o a sabiendas, ya han empezado a derribar su identidad extremeña, la misma que comparten con aquellos que un día huyeron también y hoy construyen otras identidades, mientras un palentino de Badajoz o un extremeño de Talavera – la Real-  que siempre tiene que explicar que no, no es extremeño de Toledo, luchan por mantener viva la suya.

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