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Talaveranos por el Mundo

“El galgo y el zorro” por Lázaro Caldera

“El galgo y el zorro” por Lázaro Caldera
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De pequeño, creo que como a muchos, mi abuelo me llevó a ver carreras de galgos. Es una tradición con un larguísimo recorrido en nuestro pueblo y en muchos otros, como la caza o la pesca. Las seguía con cierta emoción porque compartía el interés general, desde mi inocencia y curiosidad, como quien por primera vez ve un partido de fútbol o asiste a un concierto. El espectáculo no tiene que ser necesariamente bueno para que te atraiga, es la excitación general lo que te absorbe y te atrapa. No me enamoré de las carreras de galgos, como nunca me enamoré de las corridas de toros, ni de la caza, ni de la pesca. No soy ni muchos menos el mejor de los tradicionalistas, en el sentido más retorcido de lo que expongo.Como muchos otros no serán entusiastas de la caza del zorro en Reino Unido, una antiquísima costumbre que hace unos años se vio abocada a su desaparición – no porque la prohibieran como se dijo, sino por no permitir que se realizara con perros – y muchas voces se levantaran contra el entonces gobierno laborista. Hay ocasiones en que tradiciones ancestrales como esta van ligadas a una parte de la sociedad unida al conservadurismo político, pero no necesariamente debe ser así. Sin embargo, esto no significa que dejen de ser rentables desde el punto de vista político – de hecho, ¿acaso hay algo que no lo sea? -. Con el tiempo el partido conservador levantó dicha prohibición ganándose el favor, sobre todo, de las clases sociales británicas más pudientes. Qué cosas tiene la vida.

El progreso social cambia costumbres y maneras, mantiene algunas y mata otras cuantas con el tiempo aunque normalmente, si se fuerzan los acontecimientos, se corre el serio riesgo de ganarse enemistades eternas. No me imagino a ninguna corporación municipal prohibiendo carreras de galgos o corridas de toros en ferias y fiestas, por muy desagradables que sean o a algunos les parezcan, siempre que no exista rentabilidad detrás, más si cabe cada cuatro años.

Torrente Ballester siempre se refirió a la España de los años previos a la guerra civil como una época llena de pretensiones políticas que chocaban con la áspera realidad del país, católico de misa diaria, oscuro y atrasado. La áspera realidad de Celtiberia. No sé si aquellos años son muy similares a los de ahora, pero puede ser que parte de esa España que se resiste a dar un paso adelante sobreviva en quienes ven artístico o bello el correr de un galgo detrás de una liebre o los pases de Talavante. Es una suposición que por suerte o por desgracia algunos transforman en un mantra y acaban utilizando como mensaje y arma política, forzando que esa España a la que Ballester se refería, despierte. A costa quizás de encender enemistades.

Si las carreras de galgos que tanto interés suscitan aquí o allá deben morir, como una corrida de toros, como una batida de palomas, o como tantas y tantas costumbres que, como la caza del zorro, tienen tantos años de historia como debates suscitan hoy día, que lo hagan por la fuerza del tiempo, del olvido de quienes se sentían atraídos por ellas. No soy amante de un país que disfruta del sufrimiento de seres sin voluntad de decisión, pero tampoco lo soy de ese país libre que algunos quieren construir a golpe de legislaciones oportunistas.

Quiero seguir siendo el niño que un día fue a los galgos y decidió que no volvería a ir, como decidí no ser un fan de Talavante. Y quiero que haya más niños como yo que, habiendo tenido capacidad de decisión, maten con la indiferencia este tipo de tradiciones. Mi voto es otra cosa. Eso es libertad. Eso es democracia.

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