Redacción

Talaveranos por el Mundo

“El pueblo en la etiqueta” Por Lazaro Caldera 

“El pueblo en la etiqueta” Por Lazaro Caldera 
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“Pues mira, ese no”, contesta un señor ya mayor a una dependienta en un supermercado, el más cercano a su casa. “Si es de por aquí casi que mejor”, le espeta dos segundos escasos más tarde, para coronarse. Es una escena normal, clásica: la navidad se acerca y hay, aunque en peligro de extinción, clientes previsores. Pero la situación es la misma que hace algunos años. Ha pasado antes. Hay productos que no se venden, o se venden menos que en otras ocasiones.En esta farsa inventada, el señor acaba de rechazar un buen cava catalán en oferta, ofrecido por una dependienta que ve como le cuesta sacar las botellas pese al reclamo del buen precio. “Anda y que les den”, masculla para sí el buen señor mientras se lleva un cava embotellado en Almendralejo. Es un sainete tan mascado como triste, y lo peor, absolutamente real. Pasa de verdad, no es una torrija periodística que quieran vendernos. La pantomima de los boicots a productos catalanes regresa, y esta vez promete ser dura.

Lo cierto es que seguramente ese señor haya dicho que no también a unas barras de espetec y a unas botellas de agua, venidas de más allá de donde va el Ebro a morirse. Y puede ser – por qué no – que ese señor trabaje en una factoría de por allí cerca, una conservera de tomate, que tiene a Cataluña como destino preferente para el envasado. El etiquetado no suele engañar.

Pasa en tiempos de incendios políticos que el nacionalismo express enciende y prende el nacionalismo general y la gente se olvida incluso de para quién trabaja. Es una pena. De repente uno se vuelve más español – o qué leches, más de su pueblo – y compra licorcillos o dulces que antes rechazaba porque le parecen buenísimos, mejores que los que vienen de Lleida. De toda la vida. Busca a su pueblo en todas las etiquetas.

La mala costumbre de pensar que los negocios empiezan y acaban en un radio de veinte kilómetros se extiende sobre todo entre las mismas personas que piensan que España – o su pueblo – empieza y acaba donde empiezan y acaban ellos, porque si España sigue en pie tras tanto intento de derrumbe es gracias a su esfuerzo y devoción. Y nada más.

El señor acaba de rechazar también – manda narices – un pan payés. Pobre del que acaba de cosechar la parcela de trigo más allá de Aldea del Conde como se le ocurra hacer lo mismo a cien más como el del super. Tiene un cliente en Lleida que le compra todos los años la producción de cereal. Veremos a ver.

El señor ha desayunado – fíjate – una catalana, o una entera de tomate y jamón. No sabe exactamente de donde vienen el pan o el tomate, pero qué más da, lo tiene por costumbre, como el pensar que la ruina caerá sobre Cataluña por no comprar una maldita botella de Freixenet, el espetec Tarradellas, el agua Font Vella o el pan payés. Y como él otros cien o doscientos – por desgracia más – a mil kilómetros de una región importadora – como cualquier región industrializada – que les garantiza buena parte de su sustento a través de fábricas o productores primarios.

El señor llega a casa, suelta la compra en la cocina y se caga en todos los catalanes nada más verle la cara el presidente de la Generalitat. Mañana no sabe si habrá boicot, pero hoy es más español que hace dos días. Ha contribuido enormemente a la ruina de Cataluña. Sus compañeros de la fábrica, el dueño de la parcela de trigo, todos los trabajadores de la embotelladora de Font Vella en Guadalajara y hasta la joven dependienta del super que tiene que colocar cuanto antes el Freixenet, se lo agradecen con creces. España está mucho más unida que antes. Su pueblo, también.

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