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Talaveranos por el Mundo

“Famosetes al rescate” Por Lázaro Caldera 

“Famosetes al rescate” Por Lázaro Caldera 
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Pienso que a estas alturas pocas cosas hay que vayan a sorprenderme, pero vivir en Reino Unido es una aventura continua que hace que me replantee muchas veces, seriamente, si mi vocación de venido de vuelta no es una exageración o un fingimiento. Este país me enseña cada día – o casi cada minuto – que el peso de la rutina y el de la excentricidad son sin duda alguna los que mantienen unida la nación, en un extraño juego de funambulismo. Como un buen mueble, la vieja Albion se sostiene sobre cuatro patas no siempre igual de equilibradas donde la originalidad y el histrionismo se dan de tortas por ser la más digna de las cualidades.Tiene mucho que ver la facilidad con que aparece un nuevo negocio en este país, que es catedrática, digna de estudios minuciosos. Lo del márketing ya es legendario. No soy economista ni pretendo serlo, ni tampoco aburrirme ni aburrir con números. Pero dejo el tema a disposición de la curiosidad de cualquiera que quiera adivinar cuál es el secreto que convierte en un juego algo tan arenoso como es poner en marcha algo que se desea rentable.

Recientemente ha cerrado un negocio de carnicerías en un conocido centro comercial, muy cerca de donde vivo. Fue traumático para muchos, sobre todo para los más mayores, cuyo sistema – bien es sabido – se basa más en la cuerda y el lenguaje binario que en las costumbres humanas. Actúan como relojes y cualquier cambio en su rutina les produce taquicardias. No quiero pensar que se les pasaría por sus cabezas al enterarse que había desaparecido el lugar donde todas las mañanas iban a por su cuarto de kilo de pollo, cerdo o cordero. A por media compra diaria o semanal.

Muerto el perro, el caso es que la rabia no se fue. A pocas semanas de desaparecer una carnicería, se anuncia otra en el mismo lugar. Y no, la cosa no quedó en una pegada de carteles y un par de eventos en las redes sociales. Recordemos, esto es Reino Unido, algo puede salir bien o mal, pero la pompa es innegociable. Y a veces da cosilla. No sabe uno cuando se queda corto o se ha pasado veinte pueblos y medio.

¿Para qué usar las redes, el boca-oreja, la cartelería, o un coche con megáfono, cuando puedes hacer que una estrella – del brillo que sea – te dé un empujón? ¿Podríamos si acaso imaginar a Bertín Osborne en la inauguración de la Pescadería Loli? Vale, puede que el de alguien que en su día anunciaba mejillones no sea un buen ejemplo, pero, ¿es posible contar con el protagonista del culebrón de moda en una pequeña capital de provincia? Está pasando.  

Ver al protagonista de la serie de moda de los laborales por la tarde en Reino Unido, rodeado de salchichas y huevos escoceses es posible. Y no, no tiene que ser vecino, ni amigo del que se lanza a la aventura. Es famoso y está haciendo el día inolvidable a unos pocos. Sobre todo, al dueño.

Quien dijo aquello de Spain is different tuvo la retranca de recurrir al inglés. Y tiene su miga. Cuesta creer que estas cosas pasen en un país al que se le presupone tanta frialdad, tanta inexperiencia en el juego social del acercamiento y la empatía. No es cuestión de tópicos siquiera, sino de sentido del emprendimiento. Cosas de la originalidad, o del histrionismo supongo. La próxima vez que me cruce, no sé, con Pablo Motos, le recordaré que eche un cable al comercio minorista extremeño. O a Raquel Sánchez Silva, por no arriesgarnos, que es paisana. Deseadme suerte. La voy a necesitar.

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