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Talaveranos por el Mundo

“El día de la amapola” Por Lazaro Caldera

“El día de la amapola” Por Lazaro Caldera
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Entre finales de octubre y mediados de noviembre las amapolas lo adornan todo en Reino Unido. Es muy difícil que alguien no la lleve en la solapa, incluso se pueden ver en los morros de coches y camiones. Aunque el Día del Recuerdo se celebre cada once de noviembre – ininterrumpidamente desde 1919 – los actos y los símbolos se extienden más allá de ese día.Una conjunción de voluntad política, fuerte nacionalismo, poesía y hasta casualidad han convertido esta celebración en una escena icónica, pese a haber pasado tantísimo tiempo. Lo que empezó siendo un acto en recuerdo a los fallecidos en la Primera Guerra Mundial se ha extendido hasta convertirse en un homenaje a todos los caídos británicos, soldados o no soldados – que no son pocos – en todos los enfrentamientos armados – que tampoco lo son -.

John McrCrae, soldado canadiense, escribió el famoso poema “En los campos de Flandes” en 1915. Las amapolas a las que McCrae cantó en memoria de su amigo fallecido – y en la de todos – son hoy ese símbolo de unión y recuerdo, aunque el rey Jorge V pusiera todo su empeño hace ya tanto en que se celebrara ese día – a petición además de dos de sus ministros – fue la voluntad casual de un poeta herido lo que construyó el mensaje, que se extiende desde Inglaterra hasta Canadá, pasando por la India o Sudáfrica. Un sentimiento que pasa por todos y cada uno de los países que forman esa unión histórica entre pueblos que un día, para bien o para mal, tuvieron o aún tienen que ver con la corona británica.

Por muy malditas que sean, las guerras unen. No hay como el horror, la miseria y la desesperanza para conseguir que un pueblo se ame a sí mismo y se construya un fuerte espíritu de concordia. Ni siquiera el amor o el orgullo consiguen tanto. Y cuando el enemigo es exterior todo es más fácil. Si no existe, hay que buscarlo. Aunque el interés de unos pocos barra el bienestar de muchos. La historia siempre se basa en ironías tan crudas como ésta. Reino Unido, país de países, es lo que es gracias a esa filosofía de “policía mundial” – tan atribuida también a Estados Unidos – esa idea de estar presente como árbitro en todos los conflictos.

Quizá los espíritus nacionales fuertes se basen en eso, en el horror y la desesperanza, en el sufrimiento común ante un enemigo común, en la tragedia conjunta. Solo eso puede explicar la tremenda unión de pueblos como el judío, el polaco o el inmenso espíritu patriótico americano incluso.

O solo así se puede explicar que aún hoy España no tenga su día de la amapola. Que aún hoy España no haya encontrado el respaldo unánime para celebrar su orgullo como nación sin recurrir a la filosofía y a la lágrima castrense. Que nuestro supuesto orgullo como nación dependa de nuestra capacidad para celebrar la pompa militar dice mucho de lo que nos une históricamente.

No tenemos un recuerdo común al que recurrir para sentirnos unidos y eso quizá explique muchas cosas. Incapaces de celebrar con honradez grandes hitos de nuestra memoria – como la constitución de 1812 – hemos dejado que los símbolos de nuestra nación sean monopolizados por el poder militar – cuya historia dista mucho de ser venerada con justicia -. No tenemos muertos comunes a quien llorar porque todos tenemos que repartirnos, sin excepción, la vergüenza de sus verdugos. Lejos de querer purgar de odios nuestra identidad hemos dejado que el tiempo los enquiste y formen parte de nuestra personalidad, de nuestro imaginario colectivo. La historia de España es la historia de la puñalada por la espalda, de la persecución entre comunidades hermanas.

El único enemigo común era el vecino, el hermano.

El único sufrimiento común ha sido el de los de abajo contra los de arriba, los de la derecha contra los de la izquierda, en un juego macabro de suicidios absolutos entre extremos que no parece encontrar fin. Por eso envidio este país y ésta celebración. Con su hipocresía, su condescendencia y sus errores, Reino Unido tiene un día, una memoria al año a la que recurrir para recordar siempre a sus caídos, a todos, juntos. Se tiene un día de memoria conjunta, en el sufrimiento y en el horror, lo que une de verdad. Por eso envidio las amapolas, tanto como me apena no verlas crecer en España.

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