Redacción

Talaveranos por el Mundo

“ Piedras muertas” Por Lazaro Caldera

“ Piedras muertas” Por Lazaro Caldera
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Cada vez que salgo de casa intento pasear por los alrededores de la maravillosa catedral gótica, que tengo muy cerca de donde vivo. Lleva en restauración prácticamente desde que llegué a Inglaterra. Con una paciencia infinita – rallando la pesadez – una cuadrilla muy exigua de restauradores limpia palmo a palmo cada pulgada de las centenarias fachadas de piedra color miel, devolviéndole a la vetusta mole de piedra su bello reflejo dorado, tal como la quisieron ver sus constructores, allá por el seiscientos noventa. Casi nada.

Se está arreglando además la plaza de la entrada principal. Con el tiempo, donde antes había asfalto y una intermitente hilera de coches aparcados, han ido apareciendo parterres, un suelo adoquinado perfecto y banquitos de piedra con inscripciones que cuentan la historia de la abadía.

Envidio todo este ritual por lo que conlleva y por la expectación que ha generado. La ciudad se ha volcado y observa con curiosidad cada adelanto en las obras. La catedral se levantó hace más de mil años, antes siquiera de que nadie llegara a imaginar lo que estaría por venir; sobrevive no solo a golpe de financiación estatal – por ser patrimonio histórico – sino también gracias al trabajo durante todo este tiempo de voluntarios y de muchos altruistas amigos de la historia y de la arquitectura.

Como talaverano envidio el propósito, prometedor, de convertir el gran baluarte cultural de esta ciudad en un espacio todavía más atractivo de lo que ya es. Como talaverano enlazo, en un ejercicio quizá muy forzado de odiosa comparación, la enorme catedral de Gloucester con el humilde puente de ladrillo rojo que cruza el Limonetes, nuestra joya patrimonial – junto con la iglesia parroquial -. El testigo insólito y a duras penas superviviente de la historia talaverana.

Recuerdo haber pasado por ese puente cuando ya era un peligro hacerlo, y otros antes que mí obviamente lo recordarán más, y otros, después que yo y otros muchos, recordarán el puente como lo que fue, si nadie lo remedia. Un pedazo de nuestra historia – uno de los pocos – que languidece entre cañas y barro.

El patrimonio histórico, cuya vida muchos creen que depende de la financiación de juntas y gobiernos, es responsabilidad de todos. La envidia hacia el bello patrimonio británico que ahora disfruto no es solo por su belleza, sino también por quiénes ayudan a que siga vivo con la sola promesa de su supervivencia.

La extraña costumbre de pensar que el estado tiene la obligación de resucitar la historia de los pueblos provoca desastres como el del humilde puente viejo, el de las fachadas de la parroquia – cuya hermosa mezcla de pintadas y parches de cemento debería avergonzar a cualquiera – o el de otro puente situado algo más lejos – la Puentecilla – todos ellos ejemplos que demuestran que no solo se trata de dejadez por parte de las instituciones, sino también de ignorancia y falta de respeto. Poca esperanza cabe si el olvido sale de quienes deberían ser los principales promotores de su salvación.

Que nuestra historia reviva por la buena voluntad de nuestros gobiernos puede llevarnos a esperas y a incertidumbres que pueden resolverse desde el asociacionismo vecinal, las plataformas y el trabajo común. Es la única forma en que sobrevive la historia, mediante quienes se ven reflejados en ella. Sea a través de enormes catedrales o de pequeños puentes que vadean riachuelos. Hay que trabajar juntos, no esperar que lo hagan otros.

No se trata de colocar ladrillos nuevos donde faltan, o recuperar vanos o piezas de sillería desaparecidas, si no de que el olvido decaiga, de seguir paseando, contando historias a quienes no saben nada porque no estuvieron allí antes. O incluso resucitar o crear festividades para revitalizar el entorno del viejo puente, y el de cada rincón que se merece seguir vivo para no acabar en simples piedras muertas. Si después llegan los euros, bienvenidos sean.

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