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“Pellejitos finos” Por Lázaro Caldera

“Pellejitos finos” Por Lázaro Caldera
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Como Freixenet, como Campofrío o como el turrón de Jijona – o Xixona, si se prefiere – Tesco, la mayor cadena de supermercados de Reino Unido, también tiene su anuncio de navidad. Todos los años se apela a lo mismo: la familia, estar todos juntos, disfrutar de la comida – sobre todo del pavo, clásico ineludible – y de esos días que nos ablandan. Nada nuevo. La diferencia esta vez son los escasos segundos que aparece una familia musulmana. Se sabe que es musulmana porque las chicas – que ya digo, aparecen no más de tres segundos – llevan pañuelos en la cabeza. Tres segundos de un anuncio navideño que han prendido la mecha de la ira en un buen número de espíritus demasiado delicados y sensibles. Tanto es así que la cadena de supermercados está sufriendo boicots. Todo muy Cataluña versus España.

Lo cierto es que el anuncio de marras no está mal, no se sale del tópico. Es un mensaje clásico, correcto, buenrrollero, conciso, muy abecé de la publicidad – “como sea que lo celebres, ven a Tesco” – pero está la cosa como está y muchos se han convertido de repente en embajadores de la más ortodoxa cristiandad, quién sabe bajo qué lúcida perspectiva sobre lo que es correcto y lo que no.

Hace tiempo – en concreto casi dos años – que observo a la sociedad de este país actuar con una profunda hipocresía respecto a temas sociales recurrentes y actuales, llámese inmigración, llámese terrorismo islámico, llámese crisis de la sociedad occidental, llámese equis. En Reino Unido, como en Francia, como en España, como en todos esos países orgullosos de pertenecer a la parte suertuda del mundo, han crecido sociedades donde el carácter religioso, mal que nos pese, ha moldeado y tallado ideas, valores y normas conductuales no siempre muy realistas con el devenir y la evolución de los tiempos y las personas que los viven.

Se han creado códigos sociales – que Internet ha acabado por globalizar – estableciéndose a su vez etiquetas de corrección, política o del contexto que sea, que determinan si se es mejor o peor persona, o más o menos inglés – o lo que se sea – si uno se comporta de una forma o de otra. Nuestros pellejitos se han vuelto extremadamente finos: somos sensibles a todo porque tenemos derecho a serlo – por supuesto – pero sobre todo se ha extendido la creencia que tenemos un público fiel al que convencer o incluso pensamos que nos apoya o debe apoyar cada una de nuestras proclamas u opiniones, incluso aquellos juicios más o menos justos que se hacen la mayoría de las veces sin pensar en ninguna consecuencia. Se ha dado voz, con las redes sociales, a legiones de idiotas, que diría Umberto Eco.

El nacimiento de Jesús por el que algunos, muchos, ateos, católicos, del Real Madrid o del Atleti, morenos o blancos, musulmanes o adictos a las cartas, celebramos la Navidad, resulta que fue en septiembre, según cálculos basados en la propia Biblia. Fue, como tantas otras veces, el interés político que motivó el cambio de fecha – el veinticinco de diciembre se celebraba el nacimiento de Apolo, en la cultura romana – para motivar la conversión de los paganos al cristianismo. Aun así, seguimos comprando el pavo, creamos o no que el mesías nació un buen día del mes que fuera hace ya más de dos mil años o nos pidan – o no – el carné de buen cristiano para acceder al mejor ejemplar del congelador, pese a que muchos puedan pensar que es lo menos que un buen creyente merece: el mejor pavo del súper.

Hoy, después de todo, todavía parecen existir sesudos cristianos – o eso parecen – a los que su firme moral les impide digerir el ver chicas con pañuelo en la cabeza cenando pavo un veinticuatro de diciembre. La navidad es – mal que les pese – un acontecimiento social que motiva el consumismo y fuerza la reunificación familiar. Sigue existiendo, para gloria de quienes quieran disfrutarlo, el poso religioso conveniente, pero donde manda poderoso caballero, las sacristías tienen poco que hacer. Si todavía hay quienes tienen que sentirse demasiado cristianos para eso, debe sentarles fatal el pavo, porque sienta fatal cumplir a rajatabla con cualquier principio ideológico.

La navidad, como símbolo, trasciende lo social y por supuesto lo religioso. Tanto es así que tenemos la suerte de poder comer pavo con gorros rojos, pañuelos o cuernos de reno… Sin tener que enseñar nuestro carné cristiano.

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