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“Mantecaos de las tierras altas” Por Lazaro Caldera

“Mantecaos de las tierras altas” Por Lazaro Caldera
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Solo viajando – o haciendo por conocer cada rincón como buenamente se pueda – uno se da cuenta de lo pequeño que es el mundo: hasta el detalle más ínfimo puede tener un primo cercano en el más alejado de los destinos. Suele pasar también que cuando uno descubre cierta cosa acaba viéndola más regularmente.

Me pasó – y me pasa – cuando visité Escocia y su capital, Edimburgo. Solo entonces descubrí que aquella maravillosa ciudad, con tanto que ofrecer, me guardaba una pequeña sorpresa que desde entonces iba a ser casi una perdición. Glotón como soy no pude resistirme al encanto de unas galletillas muy típicas del país de William Wallace, las shortbread – literalmente “pan a medio hacer” – que ni que decir tiene, están buenísimas. Las más típicas son rectangulares, algo más anchas que un pulgar, pero igual de largas, planas por una de sus caras y ornamentadas con agujerillos en su cara alta. Las hay que llevan azúcar y otras solo van con su sabor por defecto. Una maravilla: delicadas, casi se rompen al tocarlas, dulces y con una textura arenosa muy suave que embriaga al que, como yo, es un muy digno seguidor de la costumbre de dejar que los dulces también beban café de la taza.

Compré una bolsita que me costó algo más de un euro y desde entonces no he podido dejar de preguntarme – están por todos lados – disfrutándolas, dónde las había probado antes. Era imposible, porque obviamente jamás había estado en Reino Unido, pero encontraba ese sabor tan familiar que estuve hasta hace bien poco investigando, buscando el origen de ese recuerdo que se me escapaba pero que estaba ahí. Las galletillas shortbread ya me habían enamorado una vez, pero no había manera de recordar dónde ni cuándo.

Solo la lectura de muchos blogs y webs de cocina británica me llevaron a descubrir que Escocia y mis años de tragadulces talaverano estaban más cerca de lo que creía. Leyendo y leyendo, buscando aquí y allá, indagando en la fabricación de ese pequeño manjar llegué a una conclusión asombrosa: las shortbread escocesas y los mantecaos son los mismo.

Esos dulces potentes en grasa y sabor, algunos con formas de estrella, circulares, triangulares o de la manera que la imaginación del cocinero hubiese querido sacarlas de sus manos eran en el fondo esas galletas que me obsesionaban. Ese azúcar, la mezcla justa de harina y grasa de cerdo, el tiempo de cocción y la exacta medida de huevo y sal, toda esa mezcolanza mágica llevaba en mi memoria años y años y había resucitado gracias a un viaje relámpago a la capital de un país que forma parte de otro país más grande, lejísimos, muy lejos de aquellos dulces maravillosos y de aquellas señoras mayores que los amasaban con todo el amor que aún les sobraba.

Desde entonces no solo amo Reino Unido por ser una enorme caja de sorpresas, estoy enamorado de Edimburgo, de Escocia, de este país de países y de sus shortbread, los mantecaos de las tierras altas, que me han devuelto recuerdos que forman parte de mi infancia, de los años más felices en mi tierra. Años dulces como el regustillo de las tardes de colacao o café y dulce que ahora revivo tan lejos como una costumbre que jamás debería haber abandonado.

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