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Talaveranos por el Mundo

“ Que falta año nuevo” Por Lázaro Caldera

“ Que falta año nuevo” Por Lázaro Caldera
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“No me puedo creer que la navidad se haya acabado”, se lamentaba una compañera hace unos días en el trabajo. “Joder, que queda fin de año”, le contesté yo. “Ya bueno, pero eso no es navidad”, sentenció triste, casi llorando por el fin – de alguna forma casi trágica – de las fiestas.

¿Tanto para esto?, pensaba yo, para mis adentros. Se pegan claro, dos meses que son casi tres anunciando la navidad, con toda la enormidad y la pompa que solo ellos, como británicos, son capaces de crear, luego llegado y pasado el día veinticinco de diciembre – fun fun fun – se sienten tan huérfanos de colores y papeles brillantes que entran, como mi compañera, en un estado de semidepresión muy postvacacional; vuelven a una realidad falta de colorines, más gris, auténtica, palpable. Se agotan las reservas de cuquismo y la realidad, la de verdad, solo se amortigua gracias a las rebajas alocadas del Boxing Day – veintiséis de diciembre, fiesta de guardar en todo el territorio británico – dejando escenas más propias de un documental de hienas y leones luchando en la sabana que de unos grandes almacenes llenos de señoras y adolescentes en plan cazarrecompensas tras el descuentazo.

La navidad dura dos días en Gran Bretaña porque es lo que dice el calendario, pero para alguien que alarga la navidad tanto como dura una caja de polvorones o de hojaldritos, la navidad dura, oficial y extraoficialmente, hasta el seis, el siete u el ocho de enero. O lo que duren los dulces, ya digo. Y está Nochevieja. Y está Año Nuevo.

Los españoles hacemos un paquete con todos estos días, le ponemos un lacito y lo llamamos navidad. Los británicos celebran la nochebuena – algunos ni eso – y navidad, y adiós muy buenas, el show no debe continuar, gracias. Eso es todo amigos. No quiere decir que no celebre año nuevo como bien se debe, pero en un aparte que se desliga de lo demás.

Es extraño teniendo en cuenta que no hay nada que disfrute más un británico que un hilo musical y una decoración contextual, pero todo se reduce a unos meses de concentración, de música machacona, de Mariah Carey y Wham dando horas extras, Dean Martin recordándonos como nieva una y otra vez y chocolate, chocolate por todos lados. Llegado el día, se come, se cena, se bebe y poco más. Los pavos respiran tranquilos a partir de ahora. Se puede alargar la cosa como mucho hasta el mediodía o la noche del día veintiséis, pero ahí se apaga todo. Cierra que entra frío.

A mí me quedan la noche de fin de año, y el día de año nuevo, y quedan esos días de extensión, de licencia. Algunos incluso se permiten el lujo de celebrar la fiesta del roscón. Somos únicos. Ellos también. Llegado este día es muy típico hacer balance del año que se va y de poner todos los deseos en el año que viene.

Desde la primera letra de éste artículo acompaño el sentimiento de mi compañera, un quejido casi lastimero, pero que nada tiene que ver con el fin inevitable de la navidad británica. Como ella, yo tampoco puedo creer que la navidad se haya ido, como se ha ido diciembre, y antes noviembre. Como se ha ido otro año más con todos sus meses, semanas y días. Con momentos más o menos buenos.

Sigo en esta tierra otras navidades más, despidiendo un año – si nadie lo remedia, el segundo de muchos – amando y odiando a partes iguales las costumbres ancestrales de una sociedad con sus luces y sus sombras, con todo el color que puede dar la navidad y todo el gris predominante de sus cielos. Una sociedad en constante cambio, capaz de aceptar a cualquiera pese a todo. La tierra donde nace la lluvia me resiste un año más, y yo a ella. Brindo por lo que tenga que pasar, y que pueda seguir contándolo como hasta ahora. Por un feliz año que se va desde donde los prados verdes son tan eternos como las tardes de cerveza y rugby. Brindo por el nuevo año que viene deseoso de poder compartir más y más historias. ¡Cheers!

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