«Reideros y máscaras «, Por Antonio Gómez

«Reideros y máscaras «, Por Antonio Gómez

Se acercan unas fechas muy importantes para el ciclo festivo de nuestro pueblo. Los carnavales. Y aunque hemos tratado este asunto en otras ocasiones (Ver blog «Crónicas de Talavera»), nos gustaría en este momento y para este medio de Talavera con V dar una vuelta más de tuerca comentando uno de los elementos fundamentales del carnaval antiguo talaverano.El vestuario para carnaval. Hablamos de una época en la que para salir en carnaval lo único imprescindible era tener un baúl o alguien que te dejara enrear en sus baúles. De arcones y roperos se sacaban todas las prendas antiguas que se habían salvado de la quema, de la polilla, o de los compradores de cosas viejas, que siempre deambulaban por los pueblos y a los que todo les interesaba. También llegaron tiempos malos, y los ajuares sirvieron para paliar muchas necesidades (se vendieron, se confeccionaron prendas nuevas, sirvieron para remendar…).

Aún es posible ver esta manera de disfrazarse en algunos pueblos de nuestra Extremadura.


Y para hacer esta pequeña introducción nos vamos a valer del testimonio que nos aportan las fotografías antiguas. Que son uno de los soportes antiguos con los que más hemos trabajado y con una fidelidad comparable a otros instrumentos como los legajos, archivos, libros,

etc.

En vestuario de hombre, que siempre ha sido más sobrio, podemos observar en fotos antiguas, como se lucían los chalecos (de piel de cabra, de punto, de pana, de terciopelo), la omnipresente camisa blanca, las chambras (grises o negras), los distintos tipos de sombrero (ala-ancha, de paja, boinas, gorras, mascotas, gorros-barretina), chaquetas y pantalones, bastones y cayados, zajones, botos- botas camperas, alpargatas, alforjas, fajines, mantas.

En cuanto al vestuario femenino, con mayor diversidad de prendas, se presenta más colorido y ofrece muchas más posibilidades. Así, y siguiendo las aportaciones de la fotografía, vemos los refajos (lisos, bordados, con jaretas, listados, de cuadros, cacereños), las chambras de mujer, los mandiles y delantales, las medias (de garbanzo, rayadas, caladas), los pañuelos (todo un mundo de variedad), mantones, mantillas, pelerinas, toquillas y toquillones, pijamas, camisones, enaguas, peinetas, abanicos, pamelas y sombreros, sombrillas, zapatos-botas-botines, alpargatas, bolsos, bolsas y faldiqueras. 

Estas prendas las podemos contemplar tal y como eran o con diferentes variaciones y añadidos para hacerlas más vistosas (sobre todo en el caso de las vestimentas femeninas): se les añadían lazos, puntillas, cenefas, tiras bordadas, cintas. También se combinaban sin ningún tipo de regla: varios pañuelos y mantones (sobre la cabeza, los hombros y a la cintura), varias faldas y refajos unos sobre otros, combinar prendas de distinto origen o de distinta estación (prendas de verano con otras de invierno).

Todo este batiburrillo de prendas, colores y modelos dio lugar a que se denominaran «reideros», aumentando este aspecto grotesco con gestos, movimientos, gritos, carcajadas, cambiando el tono de voz…

Con el paso de los años, agotadas por desgaste las ropas tradicionales y con prendas nuevas a las que sacar partido, aparecen los «reideros» con los monos de trabajo (en el caso de los hombres) y los vestidos sesenteros con estampados psicodélicos o los trajes de novia (en el caso de las mujeres). Y para darle ese toque de «reidero», surgen los culos gordos,las tremendas jorobas, las tetas enormes y las preñaduras imposibles.

Hoy en día, con la competencia de los trajes de carnaval que lucen los grupos y comparsas, estos reideros han ido cediendo su puesto, apareciendo solo en contadas ocasiones.

En cuanto a las «máscaras», este término era más general, se referían al conjunto de disfraces que componían el carnaval. Tengamos en cuenta que en los carnavales no solo se disfrazaban con trajes típicos o elementos tradicionales, también había otras formas de disfrazarse (ya lo comentaremos en otra ocasión). 

Las máscaras eran las caretas que se ponían para esconder o velar la identidad de la persona que se disfrazaba. Si en un principio valía como un elemento divertido, lúdico, para jugar o seducir, en los años de postguerra servía para salvar el pellejo. Era una forma de escapar a la persecución a la que se vieron sometidos los carnavaleros por parte de las autoridades y los municipales. Pero esto también es otra historia.

Ilustramos este artículo con dos fotos, una de un grupo de reideros en la puerta de la central de teléfonos en la calle Real, de finales de los años 40 o principios de los 50. Y una segunda foto de unas máscaras de tela de algodón de más de 100 años de antigüedad.
Antonio Gómez. Febrero de 2017.

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